El moño, las pestañas, las pupilas,
el peroné, la tibia, las narices,
la frente, los tobillos, las axilas,
el menisco, la aorta, las varices.
La garganta, los párpados, las cejas,
las plantas de los pies, la comisura,
los cabellos, el coxis, las orejas,
los nervios, la matriz, la dentadura.
Las encías, las nalgas, los tendones,
la rabadilla, el vientre, las costillas,
los húmeros, el pubis, los talones.
La clavícula, el cráneo, la papada,
el clítoris, el alma, las cosquillas,
esa es mi patria, alrededor no hay nada
Joaquín Sabina – Alrededor no hay nada
Me es imposible comenzar este texto sin la presión que ejercen sobre mí los años de instrucción y adiestramiento en el regimiento de las letras. Fui condenado al momento de elegir la carrera de periodismo a pasar tres años aleccionándome y disciplinándome en la entrega de información. Es por ello que cada vez que escribo, la lucha que generan las alas de la pluma contra el rechinar uniforme de las teclas, da paso a híbridos textos que rayan en lo absurdo, formal, onírico y hasta casual...
Sergio Fiedler académico de la Universidad Arcis fue, durante el tiempo que duró su exposición en el aula magna de mi Universidad, mi compañero de prisión. A el también le habían arrebatado la sensibilidad de su cuerpo, le prohibieron llorar, reír, gozar. Cumplió condena en el regimiento de las ciencias sociales, fue a punta de castigos horripilantes (como análisis cuantitativos, datos y más datos) convertido en una máquina de análisis social dispuesta a servir a los ávidos lectores insensibles, adictos al dato duro, a la realidad sin interpretaciones.
La revolución fue encabezada por su cabeza rapada y su huérfano aro, armado hasta los dientes con 5 carillas fue capaz de gritar a viva voz que estaba harto de la monotonía de su profesión. Tanto así, que se aventuró a dejara un público entero con las ganas de presenciar los bailes pedagógicos de sus clases en la Arcis. Con un dejo de ironía, dejó sobre la mesa la discusión esencial que durante años no me atreví a discutir. Ese terror que te infunde la calificación me arrebató el espíritu rebelde que me adoctrinaron a punta de leads, pirámides invertidas y datos duros.
Pero aun nos queda patria, ya en el ocaso (esperemos) de mi carrera se han rearticulado los guerrilleros en pro de un auto aprendizaje, los contrarios a los pedagogos normalistas, los militantes del respeto a la diversidad, han despertado – o he recién descubierto – a los demócratas que hicieron falta en la transición pactada. Los artesanos del saber han echado a andar sus gubias y telares, el verdadero maestro es el que acompaña y facilita. “No me instruyas, vive junto a mi; tu fracaso es que yo sea idéntico a ti” (Humberto Maturana)
Mientras muchos estudiantes, profesores y diversos actores protestan contra la LGE (que por cierto debe ser discutida por la ciudadanía que aun no tenemos) el problema rector de la educación se tocó en el Aula Magna de la UPLA. Urge un cambio en el trueque del conocimiento. Necesitamos facilitadores en vez de coroneles del saber.
Y cuando pensaba que la arenga revolucionaria del calvo expositor había sido sellada con los aplausos del auditorio, retoma la consigna y se apodera del púlpito el uruguayo Eduardo Álvarez quien nos comenta del transformismo metodológico de Malinowski comparando su trabajo publicado y sus diarios o bitácoras de campo.
Hay que sacarle el jugo a la teoría, sacarle el polvo de los libros y hacerla trabajar, debe convertirse en nuestra herramienta de uso diario, la historia de “teoros” nos convirtió en teóricos de la vida diaria.
La cruzada por la democratización del aprendizaje alcanzó ribetes más allá del macizo cordón montañoso de los Andes, el ejército libertador del siglo XXI se gestaba desde Valparaíso hacia el mundo, la revista Faro sería el panfleto que recorrería las aulas para derrocar a los dictadores del método científico.
Le daremos cuerpo y sensibilidad a la letra muerta, resucitaremos la pasión que se congeló con la frialdad del procedimiento, somos personas, gente, ciudadanos. Con olores, sabores y colores variopintos, que traigan empanada y vino tinto; guitarra, bandolón y acordeón.
Hemos recuperado el cuerpo que nos queda por maltratar con los placeres del saber, perdón por la imprudencia, pero las ganas de escribir y el acicate recibido me envalentonaron, me alisto en el batallón de primera línea… Fin de estas líneas.

1 comentarios:
Así es Patricio, sin cuerpo no hay teoría ni práctica que valga.
Para los comunicadores esa máxima debería servirles como perspectiva ética y estética para explicar el habitar y convivir. Uno en el propio cuerpo; otro en el cuerpo social.
Los periodistas no podemos escapamos de esa biopolítica que administra esos cuerpos y la propia reproducción, sea esta material o intangible; carne de la carne o espíritu de una época, ambos son alfareros, como nosotros todos que buscamos la guía de nuestro f@ro.
Felip Gascón, director fa@rero
Publicar un comentario