Misa de Requiem

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Me fui de este lugar hace ya unos meses. La dejé en su sitio con más de una deuda en el bolsillo. Con unos ojos ojerosos de amaneceres esperando mi redención. Pretendió cambiarme y pretendí perpetuarme en lo que fui y estoy pronto a dejar de ser.
La conocí en la mañana como se conocen todos los grandes amores, la amé en las tardes y engañé en las noches. Me las dí de hombre por cada cuerpo que rosaba con las mismas palabras que rocé su oido cuando sus ojos se depositaban en otros cuerpos.
No quiero que piensen que fue una santa, pues pecó a mi antojo. Sedujo a cuanto truhan encontró, se burló de las básicas palabras con que pretendieron enamorarla. Sabía de memoría las mil formas de timar que tipos como los que besó utilizan en noches alcoholoradas. Pese a eso, se dejó abrazar por todos y todas. Y no es que pretenda ser víctima justo ahora. Pero creo que merece un justo reconocimiento su historia de histerias, besos y risas.
Avanzamos a paso discontinuado, yo volando ella corriendo. Yo caminando, ella corriendo. Yo soñando, ella corriendo.
Compartimos los espacios más inpensados, hablamos despacio como desde el principio. No gritamos pero a cambio lloramos como lloran las grandes pasiones. Fuimos canto, poesía, miedos, susurros, perdones, justificaciones, mentiras... fuimos palabra en su texto de números y fuimos nota roja en su libreta final que redacté día a día. Nos odiamos tanto como a diario nos amamos. Tuvimos tiempo de sobra para recorrer el mundo, pero al mismo paso sabíamos que llegaríamos a destinos distintos.
Pretendimos ser carne, familia, pasión, sentimiento, vida... Quisimos a pulso programar los relojes, quisimos homogeneizarnos y ser iguales en competencias totalmente distintas.
No tengo la pena de haberme guardado palabras... Sino por el contrario fue el exceso de éstas lo que la envenenó.
Por eso hoy, con un cielo amenazante de llanto y una brisa que rosa los huesos, me niego a su muerte. Y vivo como los viudos locos tras la partida de la mitad de arriba. Me declaro insano pues no hay quien entienda mis locuras, será mejor que me encierren al terminar mi discurso pues no existirán ojos que descubran las perlas de mi barro.
No queda opción sino la muerte en vida, si fuera felino me quedarían siete todavía para encontrar lo que hoy se lleva el mar.
Al menos me queda la certeza de que murió sabiendo que yo viviría, en cambio yo. Desde hoy vivo sabiendo que murió mi vida.

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