Isla Negra...

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Con una micro a sobrellenar y un olor a amaranto que se colaba por entre el pasillo lleno de este hospital de enfermos mentales: Un chascón, un barbón, un hippie, un niño, una mujer, un clavo, un pino con olor, un artesano, un perro, una perra, un maricón, un pebre, un pobre, una parrilla, un lienzo inmenso, y yo. El único anormal en ese bus de la normalidad. Llegamos de los primeros y colonizamos la primera piedra donde construyó su iglesia. Como Jesus con Pedro, fue Pablo con Isla Negra. La pisó por primera vez y no la quiso dejar de pisar, bien cachero y cumbianchero fue el hombre. Sendas jarras de vino vacío, copas de campeonatos de verbo incontrolable, una mesa sin punta, ni punto, pero coma que el acento no importa. Así debe haber llegado ese pansón y narigón ( igual que mi espejo).


Ya de lejos se sentía el olor a carnaval de ese barco que no aprendío a nadar, una cama que mira el coito diario entre sol y mar, encima Don Pablo y Matilde juegan a amar.


Pablo no murió, se lo llevó ese horizonte añil de la tarde, de tanto gris en la calles quizo dejar de ser poeta y convertirse en poesía. A falta de cruz y clavos dejó palabras y palabras, como proverbios sin soberbia. Su biblia la dividió en capítulos indescifrables para los oidos cubiculares de los ingenieros. En su armario mil sombreros, zapatos y ponchos, en la playa yo preparaba un ponche, un enano chuteaba y una ola castigaba una piedra a marejadas.


Allí estábamos celebrando al poeta, al comunista, al artista. Dándole vida a esa arena que en su vida había reido tanto, a esas rocas que hicieron de cenicero, a los chorizos del puerto, y al viento que despeinó los sueños. Con vino, ron o marihuana imaginé esa panza asomada en el balcón, boina apuntando el norte y una pipa de la paz que se apagaba a fusilazos en cada resto del pais. Cayó justo cuando debía caer para no ser el eterno poeta de amores. Murió como sus compañeros, a ballonetazos por la espalda. El cancer no se deja enamorar por palabras, le advirtieron, pero su hedonismo leninismo no le perdonaría hacerle el quite a un tinto de reseva o una paila marina, no dejaría pasar un par de piernas cordiales que se hubieran abierto al ritmo de la poesía. Por eso al mismo ritmo que el lo haría, brindamos como formando un coro, fumé y me esfumé como ahora lo acabo de hacer. "Voyeuriamos" al mar una vez más y le vimos parir un arrebol que hizo descanzar en paz la fiesta, de la misma forma que hace treinta y seis años hizo descanzar al poeta.

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