¿Ganó Chile?

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Ese día me pilló en Los Patos, más cerca de Argentina que del Pacífico. Al lado de las vinchucas y las cabras de cerro que se declaraban cuerdas en comparación a toda la población que ese sábado volvía a ser chilena. El primer gol fue el más amargo de todos, Rosa contaba que no contaba con agua potable y que su suegro murió por no saber ella tomar la presión. Mientras la larga y angosta galería lloraba de alegría, en un rincón del tablón se agrietaban las casas de barro y paja. Nelly nos mostraba el baño que año a año se trasladaba de lugar y un horno de barro humeaba de rabia al ver mi piel tan falta de sol y sudor. Sus ojos desconfiados con los afuerinos me amargaron el vino de una celebración que se expandía como epidemia por el otro Chile, ese que abre la llave y por arte de magia deja fluir lo que acá es imposible pedir. En plaza Italia las cámaras se coludían para ocultar a un grupo de familias que habitan el mismo camino que hace dos cientos años recorrió el ejército libertador. El empate a dos lo viví en el retén de carabineros, no digo pacos porque en Los Patos no paquean, sino al contrario son lo que la gente quiere que sean: dentistas, abogados, matrones y cuanta cosa haga falta, y como mucho es lo que escasea, son todo. No como nosotros que teniendo demasiado, somos nada. El tercero y el cuarto llegaron con la noche y los relámpagos, con un pueblo que dejé para volver algún día en que esa alegría que se contagió gracias a una clasificación llegué efectivamente a cada rincón y no se aloje en la metáfora fácil de algún relator con aire de poeta. Porque en Los Patos aunque gane la selección el té sigue siendo amargo y dura la marraqueta.
Nota: Los Patos es una localidad perteneciente a la comuna de Putaendo. La componen cerca de 150 personas que no cuentan con agua potable y reciben la visita de un médico general una vez al mes, exceptuando enero y febrero. Allá me tocó vivir el partido, sin asado ni combinado.

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