Las manecillas del reloj rondaban las 7 de la mañana y las cajas de chocolate se montaban en cadena humana sobre la camioneta Peugeot blanca que transportaría las más de 100 bandejas de productos donados por Chocolates Parés para endulzar el rostro del medio centenar de niños y niñas que, 800 km al norte, miraban inocentes el ir y venir de cámaras, micrófonos, bomberos, carabineros, periodistas, rescatistas, mineros, videntes y hasta un despistado presidente, en las afueras de la mina San José de Copiapó.
Nueve horas de viaje ininterrumpido separan a Viña del mar de la ciudad de Copiapó. La travesía se ve recompensada por dos imágenes inolvidables para el ojo de tres extranjeros en estos cerros de mineral. La primera es el desierto florido, que con su tono violeta, violenta nuestra capacidad de asombro. Bendecimos y luego maldecimos a esta tierra que sepultó con vida a treinta y tres mineros que, al igual que las flores que adornan por este tiempo al desierto, nacen de las entrañas para asombrar, no solo a tres inexpertos, sino que a 16 millones de chilenos.
La otra imagen inolvidable tiene color perla, es la sonrisa de más de treinta niños y niñas que corean la palabra “chocolate”. No entienden de metros ni toneladas. Los pequeños hombres sueñan con ser mineros y las niñas saben que nunca podrán entrar en una mina. La tradición indica que la presencia femenina trae mala suerte, y miren la coincidencia, la palabra NEGLIGENCIA es de género femenino (aunque los negligentes porten corbatas y no faldas).
Se abren las cajas y nuestro corazón se acelera en la medida que aumenta la fuerza de esas treinta voces exigiéndonos un chocolate que endulce lo agrio que se volvió el desierto para quienes le conocen por dentro. Salen a la luz las primeras bandejas y sus ojos vuelven a reír. El perla de sus sonrisas se tiñe de cacao y un cuchuflí es el verdadero héroe de la jornada.
Es cierto, no mejoramos las condiciones laborales, pero que valioso se vuelve un oasis en el desierto. Fuimos un ventarrón de arena, pero ahora es necesaria una tormenta para que Subterra siga siendo una novela.
Nueve horas de viaje ininterrumpido separan a Viña del mar de la ciudad de Copiapó. La travesía se ve recompensada por dos imágenes inolvidables para el ojo de tres extranjeros en estos cerros de mineral. La primera es el desierto florido, que con su tono violeta, violenta nuestra capacidad de asombro. Bendecimos y luego maldecimos a esta tierra que sepultó con vida a treinta y tres mineros que, al igual que las flores que adornan por este tiempo al desierto, nacen de las entrañas para asombrar, no solo a tres inexpertos, sino que a 16 millones de chilenos.
La otra imagen inolvidable tiene color perla, es la sonrisa de más de treinta niños y niñas que corean la palabra “chocolate”. No entienden de metros ni toneladas. Los pequeños hombres sueñan con ser mineros y las niñas saben que nunca podrán entrar en una mina. La tradición indica que la presencia femenina trae mala suerte, y miren la coincidencia, la palabra NEGLIGENCIA es de género femenino (aunque los negligentes porten corbatas y no faldas).
Se abren las cajas y nuestro corazón se acelera en la medida que aumenta la fuerza de esas treinta voces exigiéndonos un chocolate que endulce lo agrio que se volvió el desierto para quienes le conocen por dentro. Salen a la luz las primeras bandejas y sus ojos vuelven a reír. El perla de sus sonrisas se tiñe de cacao y un cuchuflí es el verdadero héroe de la jornada.
Es cierto, no mejoramos las condiciones laborales, pero que valioso se vuelve un oasis en el desierto. Fuimos un ventarrón de arena, pero ahora es necesaria una tormenta para que Subterra siga siendo una novela.


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