Me tocó leer una columna dedicada al desencanto con Joaquín Sabina. Un otrora fanático le enrostraba la paupérrima letra que venía ocupando, sus volteretas políticas y como ejemplo de estas el saludo y apoyo que dio a MEO en su último recital en Santiago de Chile.
No sé si se pueda entender la música de Sabina de manera general. Quizá la primera confrontación surja con esto de “entender” la música. La música se siente me diría un amigo melómano. Y claro que tiene razón, la música se siente según la visión oriental, pero acá, por culpa de nuestra dictadura de la razón (positivismo) nos vimos obligado a descifrar cada texto, a buscarle sentido a las letras. La nueva canción chilena y la trova latinoamericana respondían a ese canon que nos decía que una letra “servía” para un algo.
Entonces, “entendiendo”… dudo que haya un sentido único y general. Un poema no tiene validez eterna, responde al contexto de su declamación. Escuchar el último disco de Sabina, a saber “Vinagre y Rosas” me llevó a una repulsión inmediata. Sus ritmos, sus rimas, su voz, su todo no era lo de antes. Pero luego, concediéndole el beneficio de la duda, noté que no era él, sino “Yo” el que había cambiado. Sus letras ya no respondían a mi “actual estado” ya no le encontraba el sentido ese que buscaba.
Gracias a esa reflexión me di cuenta que no era fanático, pues el fanatismo te ata, te enceguece y eres capaz de cualquier cosa con tal de perpetuar ese ícono que le daba sentido a tu vida. Ejemplos en la historia hay por montones, fanáticos que asesinan a sus ídolos por motivos que solo en sus fantasías tienen sentido. La sensación de cautiverio es contraria a nuestra naturaleza nómade, por ello buscaremos a como dé lugar nuestra libertad. Y esta, los fanáticos la consiguen matando a sus ídolos. Es el caso de nuestro amigo que desde una columna se libera, asesina a su ídolo para soltar al fin ese fanatismo que lo ahogaba al punto de despotricar contra el artista que como hombre tiene derecho a decir lo que quiera, no lo hagamos presa de nuestras convicciones políticas.
A mí, me gusta Sabina. Me dio el sentido cuando más lo necesitaba, pagué una entrada, antes inalcanzable, por escuchar eso que guío mi vida cuando rebotaba de puerto en puerto sin tener caderas donde atracar. Hoy ya no es presente, es nostalgia, una linda y hermosa nostalgia que se vuelve presente al escuchar su voz con llagas en la garganta.
No sé si se pueda entender la música de Sabina de manera general. Quizá la primera confrontación surja con esto de “entender” la música. La música se siente me diría un amigo melómano. Y claro que tiene razón, la música se siente según la visión oriental, pero acá, por culpa de nuestra dictadura de la razón (positivismo) nos vimos obligado a descifrar cada texto, a buscarle sentido a las letras. La nueva canción chilena y la trova latinoamericana respondían a ese canon que nos decía que una letra “servía” para un algo.
Entonces, “entendiendo”… dudo que haya un sentido único y general. Un poema no tiene validez eterna, responde al contexto de su declamación. Escuchar el último disco de Sabina, a saber “Vinagre y Rosas” me llevó a una repulsión inmediata. Sus ritmos, sus rimas, su voz, su todo no era lo de antes. Pero luego, concediéndole el beneficio de la duda, noté que no era él, sino “Yo” el que había cambiado. Sus letras ya no respondían a mi “actual estado” ya no le encontraba el sentido ese que buscaba.
Gracias a esa reflexión me di cuenta que no era fanático, pues el fanatismo te ata, te enceguece y eres capaz de cualquier cosa con tal de perpetuar ese ícono que le daba sentido a tu vida. Ejemplos en la historia hay por montones, fanáticos que asesinan a sus ídolos por motivos que solo en sus fantasías tienen sentido. La sensación de cautiverio es contraria a nuestra naturaleza nómade, por ello buscaremos a como dé lugar nuestra libertad. Y esta, los fanáticos la consiguen matando a sus ídolos. Es el caso de nuestro amigo que desde una columna se libera, asesina a su ídolo para soltar al fin ese fanatismo que lo ahogaba al punto de despotricar contra el artista que como hombre tiene derecho a decir lo que quiera, no lo hagamos presa de nuestras convicciones políticas.
A mí, me gusta Sabina. Me dio el sentido cuando más lo necesitaba, pagué una entrada, antes inalcanzable, por escuchar eso que guío mi vida cuando rebotaba de puerto en puerto sin tener caderas donde atracar. Hoy ya no es presente, es nostalgia, una linda y hermosa nostalgia que se vuelve presente al escuchar su voz con llagas en la garganta.

0 comentarios:
Publicar un comentario